Viernes 19 y 20 de marzo de 2011
Muy buena experiencia la de este fin de semana. Lástima que también fue la ruta de las fallas y desplantes de última hora, al final solo fuimos tres los que nos aventuramos por los oscuros senderos de Pachacamac: Jaimono, el Loco y yo.
Salimos de Lima por el distrito de Chorrillos, alrededor de las 8 de la noche. El clima estaba algo nublado, la supuesta gran luna aún era una manchita blanquecina algo difusa en el negruzco cielo limeño. Jaimono y yo planteamos variar la ruta: hacer un Chirimoyo nocturno previo a río seco, bajar ese descenso técnico del Chirimoyo más bravo, alumbrados solo con nuestra linternas. Como los tres que estábamos dominamos ese descenso, queríamos probar cómo sería de noche.
Después de comer uno sándwiches en Pachacamac y comprar provisiones, como a las 10 de la noche empezamos a pedalear rumbo al portón que lleva al Chirimoyo. Lamentablemente no había nadie que nos pudiera abrir, a pesar que tocamos la puerta varias veces. Buscar la manera de trepar el muro o bordear algún cerro para pasar iba a ser muy arriesgado, tanto porque era de noche como el hecho de que hayan guardianes y se cumpla eso de "disparo primero y pregunto después". Así que, con tristeza tuvimos que renunciar a hacer un Chirimoyo nocturno. Pero con Jaimono nos prometimos regresar otro día más temprano para realizar de todas maneras dicho descenso nocturno. ¿Quiénes son los valientes que se anoten?
Seguimos con la ruta originalmente planeada. Entramos al sendero técnico que nos lleva hacia la cumbre de donde se aprecia Pampa Azul y el circuito de Lomas. Hacer le descenso de dicha cumbre hacia el llano, en la noche, fue la experiencia más alucinante de la ruta: como no se veía bien el camino que debíamos descender, terminamos bajando por la ladera de un cerro arenoso que tenía una inclinación de casi 45 grados, y cuyo fin no podía distinguirse con nuestras linternas. ¿En qué acabaría ese cerro? Había momentos en que por más que uno apretaba fuertemente el freno, la bici no se detenía, en estos casos el último recurso para detener la bici, sin caer al piso, es zigzaguear ligeramente, haciendo quiebres con ambas llantas.
Finalmente llegamos al llano, y cuando vimos el cerrazo que habíamos bajado en plena oscuridad, nos asombramos. De allí continuamos atravesando un desierto que por momentos parecía ocultarnos el sendero correcto. Había partes del camino que tenía tanta arena fina que hacía casi imposible el pedaleo.
Luego comenzamos a pedalear cuesta arriba otra vez, siguiendo la trocha que lleva hasta la cumbre que separa Pampa Azul con la cuenca del río seco de Punta Hermosa. Y justo antes de llegar a la cumbre, decidimos buscar un lugar apropiado para dormir, donde no seamos visibles desde la carretera.
En el lugar reinaba el cascajo, el polvo, los cerros secos y la soledad absoluta. A lo lejos podía verse las luces del pueblo de Pachacamac, que simulaban pequeñísimos puntitos amarillos y desordenados. Arriba, en el cielo, una luna opacada por la neblina limeña alumbraba, como una débil vela, nuestro refugio. Sin embargo, un hermoso halo circular rodeaba a esta luna, que a la hora en que empezamos a dormir (poco más de la una de la madrugada) estaba directamente sobre nuestras cabezas.
La noche transcurría con normalidad, hasta que alrededor de las 4 de la mañana un fuerte ruido estremeció el piso donde dormíamos. El ruido era constante y se acercaba, parecía avanzar hacia nosotros... y pasó tan cerca de nuestro refugio que nos despertó por completo. Cuando volteamos a ver, ya se estaba yendo, iluminando su sendero con sus luces artificiales: era un camión que había pasado a toda velocidad.
A la mañana siguiente acomodamos nuestras cosas y comenzamos a descender cerca al cauce del río seco. Cada vez que voy por este sitio, algo tiene que cambiar. En realidad cambian muchas cosas, es un sitio en constante transformación: aparecen nuevas casas de madera, nuevos muros, nuevas zanjas, nuevos montículos de arena, nuevas mallas de protección.
Finalmente llegamos a Punta Hermosa (km 40 de la Panamericana Sur) a las 8:30 a.m. De allí nos fuimos a Lurín a disfrutar de un reponedor desayuno dominical: un cafecito con tamal.
Ya en Lima, Jaimono se despidió de nosotros en Barranco, donde se desvió para dirigirse a su casita. El Loco y yo nos despedimos en la última cuadra de la Av. Arequipa: yo me dirigí hacia el Centro de Lima y él hacia el circuito de playas.
Una ruta muy interesante y que me dejó varias reflexiones. Quedan aún muchos más senderos que podemos recorrer de noche, solo falta gente que tenga el coraje de hacerlo. El fin de semana demostramos que no es nada del otro mundo.
Y colorín colorado, esta historia se ha acabado
PEDRO SALAZAR WILSON
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