lunes, 5 de septiembre de 2011

Huachupampa - San Pedro de Casta - Lima

Lima 18 de Mayo de 2008

Eran las cinco de la mañana cuando me desperté para ir a Huachupampa, me vestí con tres polos me puse una pantaloneta larga saqué mi bicicleta y fui a buscar a Jaime.

Cuando llegué a su casa, él ya se encontraba en la puerta, esperamos algunos minutos para ver si llegaba Rutero y como no apareció por ningún lado, decidimos iniciar el recorrido hacia el grifo de la universidad de Lima.

Era aún de noche y había bastante humedad en la atmósfera cuando llegamos al grifo.

El equipo ya nos estaba esperando, así que decidimos partir hacia Santa Anita para, desde ahí abordar la camioneta que nos llevaría hacia Chosica, la primera etapa de nuestro objetivo.

Al final nos embarcamos en varios colectivos, desarmamos las cletas, las subimos a bordo y nos dirigimos hacia el paradero de la carretera central.

Una vez llegados a nuestro destino, descendimos del vehículo, descargamos y armamos nuestras bicis e ingerimos un muy leve desayuno consistente, para mi caso, en un pan con camote y un vaso de quinua.

Luego de desayunar nos dirigimos hacia el terminal de la empresa de transportes para, desde ahí, abordar el vehículo que nos llevaría hacia el poblado de Huachupampa.

Hubieron algunos contratiempos a la hora de partir, ya que en la puerta del terminal se formó un nudo de vehículos, tal que hacía imposible nuestra salida del local. Tras esperar aproximadamente media hora emprendimos la marcha hacia nuestra primera meta.

Quizá cometí un error al sentarme en la parte delantera del vehículo, ya que durante todo el camino pude apreciar claramente los profundos abismos, las cerradas curvas y las violentas bajadas que nos esperarían en el descenso, creo que toda esta observación afectó en mi estafo de ánimo para realizar la aventura, porque una vez llegados a Huachupampa pensaba, para mis adentros, que seleccionar esa ruta había sido un error por los peligros que entrañaba.

Ya en Huachupampa recorrimos un poco el pueblo, hicimos algunas fotografías, dentro de ellas algunas con la estatua de un cóndor muy simpático que ostentaba un casco de ciclista. Luego nos fuimos a visitar la laguna (que no es más que un reservorio de agua) y desde ahí pudimos gozar de espectaculares vistas.

Una vez que regresamos de la laguna, se propuso ir a San Pedro de Casta, este es un pueblo situado, si mal no recuerdo, a unos 6 km del lugar en el que nos encontrábamos. En un primer momento y debido a la experiencia del ómnibus, me negué a participar ,encontrándome plenamente dispuesto a emprender solo el retorno hacia Lima.

Alguien comentó que, en San Pedro de Casta podríamos almorzar unas ricas truchas, lo que me hizo recordar la deliciosa trucha saltada que comí en la excursión al pueblo de Canta. Esto bastó para que cambiara de opinión y mis temores se disiparan.

¡Vámonos a San Pedro!.

Así que, sin más preámbulos, empezamos la travesía para salir de Huachupampa. Nos esperaba una subida bastante prolongada, la cual, en parte la hicimos pedaleando y parte empujando la bicicleta. Luego vino una bajada bastante pendiente. Por fin llegamos al cruce en el cual esperaríamos a Julio, ya que se le había desinflado una de las llantas de su máquina.

Lo esperamos, esperamos, y esperamos y no llegaba, así que, siendo que habíamos acordado llegar a San Pedro de Casta, emprendimos el ascenso hacia el mencionado poblado.

No sé, a ciencia cierta, cuanto tiempo demoramos en llegar, pero las tripas ya refunfuñaban por comida , subimos hacia la plaza de armas y en ese lugar encontramos un pequeño y vetusto local de expendio de alimentos, preguntamos para saber que había para almorzar nos dijeron que había sopa y estofado de pollo a sólo cuatro nuevos soles (esto ya parece propaganda de televisión).

En total pedimos 8 menúes porque Julio jamás llegó, por unos lugareños que viajaban en un camión tomamos conocimiento que el había tomado rumbo a Lima.

Cuando trajeron el almuerzo, pudimos darnos clara cuenta que, en realidad no se trataba de estofado, sino más bien de "estafado" de Pollo, ya que sin riesgo equivocarme puedo afirmar que a cada uno nos tocó aproximadamente 1/64 del ave. Sin embargo nos permitió ingerir algo caliente para así emprender el regreso hasta Chosica.

Dieron aproximadamente las cuatro de la tarde cuando decidimos salir de San Pedro de Casta, empezamos el descenso por un camino de tierra con grandes rocas incrustadas en ella, profundos abismos que parecían esperarnos con las fauces abiertas, agudas y cerradas curvas revestidas de solapados y ocultos peligros así como largas y veloces rectas de difícil tránsito y áspero terreno.

Debido al mal estado de la carretera no pudimos utilizar grandes desarrollos, nos desplazábamos a una velocidad que por momentos llegaba a los 40 km por hora pero que en la mayor parte no pasaba de los 22.

En una de las curvas cercanas Huinco me percaté que estaba descendiendo muy pegado al borde del abismo y por esa razón pretendí cruzar hacia el lado de la montaña sin percatarme que, el domo o giba, que se encuentra en el centro la carretera era de arena y sabiendo que estaba con llantas pisteras, intenté cruzar, pero las llantas patinaron y me fui al suelo. Felizmente llevaba conmigo todo mi equipo de seguridad: guantes, anteojos y casco.

Una vez que hube levantado del suelo y montado sobre mi bicicleta, me di cuenta que ésta no avanzaba. Cual no habrá sido el impacto que una de las zapatas del freno delantero se fue a meter debajo del aro y tuve que hacer algunos esfuerzos para poder zafarla y retornarla a su lugar, amén de enderezar el timón y de aceptar la fractura en la base de mi linterna. Si me cogía la noche estaría en problemas.

Una vez que hube reparado (hasta donde se podía) la bicicleta, decidí continuar con el descenso, pero al sujetar el manillar sentía como unas agujas que se clavaban en las palmas de mis manos, revisé los guantes y me di cuenta que eran espinas que se les habían incrustado.

¡Gracias a Dios llevaba puesto los guantes !

Luego de este incidente, llegamos al poblado de Huinco, ahí nos esperaba la parte del pelotón que se había adelantado. Jaime nos dio la bienvenida y nos dijo que Rutero se encontraba en la posta médica. También había rodado.

Fuimos a verlo y lo encontramos postrado en una camilla, sin camisa y con algunos parches en el cuerpo, felizmente el accidente no fue más allá de algunos raspones que un diligente médico supo limpiar y curar.

Mientras Rutero era asistido, yo conversaba con Jaime y me describió el paraje en el cual había caído nuestro amigo, al parecer se trataba, si no de la misma, de alguna otra y muy cercana curva a aquella en la que yo había mordido el polvo.

Algunos momentos después llegó el resto del pelotón, cual no sería la sorpresa al tomar conocimiento que, Panchobolas también había rodado, felizmente sin consecuencia alguna y al parecer en la misma curva.

Cuando nos disponíamos a partir y nos despedíamos del doctor, aproveché pedirle que me regalara un poco de cinta adhesiva para reparar la linterna de mi bici, ya que, como dije, ésta se había roto en la rodada que tuve.

Fue muy acertado hacer esta reparación.

La hora avanzaba e impotentes veíamos como el sol, tiñendo de rubor al cielo, se iba despidiendo del día para dar paso a la legada la Luna. Se hizo de noche y nosotros continuábamos en la trocha de tierra.

Encendimos nuestra linternas, organizamos el pelotón y continuamos bajando pero con mayor precaución y mucho menor velocidad , anunciándonos las curvas, las piedras, los huecos y, en general, las dificultades que se fueran presentando en el camino.

Aún nos encontrabamos cercanos a los 2.000 m de altura sobre el nivel del mar y debíamos continuar marchando, poco a poco nos fuimos comiendo los kilómetros que nos separaban del asfalto y la iluminación pública, hasta que llegamos por fin a Santa Eulalia.

¡Vaya fortuna!

Ya en esta zona y frente a una bodega, Jaime se percata que se le acababa de pinchar un neumático, así que nos detuvimos y mientras Jaime parchaba su llanta, nosotros bebimos algún refresco.

Al parecer tenemos a alguien quien nos cuida.

De ahí en más todo fue un raudo descenso hasta Chosica, localidad en la cual, tras regatear los precios, abordamos los transportes que nos llevarían hasta Lima.

Una experiencia de vida, realmente una vivencia tal, que se convierten un canto a la naturaleza, a la aventura y por tanto, a la propia existencia.

Las heridas cicatrizan, los golpes sanan, la bicicleta se repara, pero la gloria y el recuerdo... ¡Son para siempre!

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